Habíamos acabado reventados aquella tarde por las dos caminatas que nos habíamos dado hasta encontrar el monasterio de Tovkhon. Caímos rendidos en la furgoneta nada mas montarnos, con las zapatillas caladas y los pies apoyados en la parte trasera del motor para que se calentaran un poco. Así fuimos todo el camino hasta la ciudad de Jarjorin, nuestro siguiente destino en esta pequeña ruta que estábamos haciendo por el centro de Mongolia.
Cuando llegamos ya era tarde. La noche se había apoderado de todo cuanto nos rodeaba y la llegada a la ciudad fue de lo más fantasmagórica. No había apenas gente en la calle y la iluminación por aquellos lares os la podéis imaginar. Prácticamente todo a oscuras. Pasamos junto a las murallas del antiguo monasterio Erdene Zuu sumido en un ambiente de misterio iluminado tenuemente por la Luna. A pocos metros estarían los gers donde dormiríamos esa noche. En comparación de los otros lugares donde habíamos dormido, esto se podía considerar de lujo. No eran las típicas casas familiares donde nos habíamos alojado hasta el momento, si no que se trataba de una especie de albergue donde había varios gers para turistas y lo más importante, una ducha y un retrete en condiciones. Pero seamos sinceros… lo que mas agradecimos fueron los retretes donde poder sentarte tranquilo a tirar uno de esos momentos de relax del día. La ducha era lo de menos. Por las noches hace frío y el agua caliente no abunda, y nosotros llevábamos varias capas de ropa puesta y con un simple aseado era suficiente.
En el interior del ger nos sobraba toda la ropa que llevábamos. La estufa llevaría toda la tarde encendida y en el interior estaríamos entre 30 y 40 grados, una auténtica salvajada, apunto de dar vueltas como pollos asados. Pensamos que esa noche no pasaríamos frío, pero cuando duermes y la leña se acaba, el frío se mete por cualquier rendija de las telas y vuelve a dejar un ambiente gélido y silencioso dentro del ger.
Al día siguiente, junto a una de las puertas de acceso al monasterio de Erden Zuu, pudimos ver como decenas de peregrinos que portaban a sus espalda libros de oración budista rodeaban los 400 metros de muro que componen el perímetro de lo que en su día fue un gran monasterio budista, el primero de todos en Mongolia.
El actual monasterio se construyó a finales del siglo XVI en el mismo lugar donde Genghis Khan proyectó la ciudad de Karakórum, capital de su gran imperio, que más adelante fundó su hijo Ogodei en el 1235. De esta ciudad no queda absolutamente nada salvo algunos viejos ladrillos con los que se construyeron el monasterio que estábamos pisando en esos momentos y unas tortugas talladas en piedra que marcaban los límites de aquella ciudad.
La historia de este monasterio es bien parecida a la de tantas iglesias, templos y más construcciones religiosos que hemos ido viendo a lo largo de este viaje transmongoliano. Primeramente sufrió daños durante las incursiones chinas del siglo XVII, pero lo que le llevó a la decadencia final, junto a muchos otros monasterios budistas, fue el nuevo estado comunista que se estaba forjando en esta parte del planeta en el siglo XX. Por suerte, al monasterio de Erdene Zuu no llegaron a destruirlo en su totalidad, dejando a salvo el muro que vemos hoy en día y algunos pocos templos que sirvieron más adelante únicamente como museo.
Son evidentes las influencias chinas en la construcción de estos templos, sobre todo viendo los típicos tejados.
En 1990 volvió a funcionar como monasterio tras la caída del comunismo en Mongolia y hoy en día es posible escuchar de nuevo los mantras de los monjes en algunos de sus templos. Nosotros pudimos ver una ceremonia multitudinaria en el templo Laviran y visitar los templos que hoy también sirven como museo donde se representa la vida de Buda desde niño hasta su edad adulta.
La impresión de ver este monasterio rodeado de estupas a lo largo de su muro en medio de la estepa es increíble y desoladora. Una bonita experiencia para conocer un poco más la historia del budismo en este país que pese a los inconvenientes sufridos demuestra que la fe nunca podrá ser arrebatada.
A las afueras del recinto se encuentran dos puntos interesantes a visitar. Como había dicho antes, de la antigua ciudad de Karakórum queda más bien poco, pero aún se pueden ver algunos vestigios de ella como las tortugas talladas en piedra. En su origen eran cuatro las que delimitaban los términos de la ciudad y hoy en día creo que quedan tan solo tres de ellas. Nosotros nos dirigimos andando hasta una que se encuentra a unos 500 metros al norte del monasterio. La tortuga simbolizaba la eternidad y su fin era la de proteger la ciudad, y aunque la ciudad no ha durado hasta nuestros días, la eternidad de Karakórum está garantizada al menos mientras el monasterio Erden Zuu siga en pie.
El otro lugar que se suele visitar es más bien curioso. Se trata de una piedra que representa un pene y que se encuentra al sur del monasterio. Su situación es estratégica puesto que apunta hacia una depresión en la montaña que tiene forma de piernas femeninas y supuestamente tenía el fin de recordar a los monjes su castidad, aunque en esos casos yo creo que lo mejor es no recordar nada… ni con una simple piedra “pene” y una montaña.
Antes de salir del valle de Orjón donde habíamos estado los últimos días pudimos presenciar un concurso de lucha mongola. Estábamos en nuestro ger preparando las cosas y listos para comer, cuando empezamos a escuchar música por una megafonía cercana.
Se lo comentamos a nuestro conductor que si nos podía acercar hasta allí y no dudo ningún momento ya que él sabía de lo que se trataba y le gustaba verlo. Cuando llegamos allí pudimos presenciar una competición de lucha en lo que parecía una fiesta de vecinos.
Había un montón de gente preparando algo de comer y bebiendo kumis que no tardaron en ofrecernos. Entre todos rodeábamos a los luchadores que por turnos se iban eliminando hasta quedar solo uno.
La lucha mongola me recordó al sumo japonés y de echo este deporte es variante del nipón igual que otros tipos de lucha en Asia. Lo más característico es la indumentaria que portan, con un cinturón y una chaqueta desde donde se cogen para derribarse entre ellos.
Una buena experiencia que tuvimos que dejar porque teníamos que poner de nuevo rumbo hacia el “mini Gobi” donde nos habíamos alojado la primera noche de esta ruta y donde teníamos previsto dormir hoy.
Esa noche la teníamos que haber dormido al raso en tienda de campaña, pero con el frío que estaba haciendo les comentamos que si podía ser posible volver a dormir en un ger y tras pensarlo nos llevaron a la casa de la primera familia que conocimos. Allí pudimos pasear entre pequeñas dunas de arena y volver a experimentar el dormir bajo la estepa cubierto de un manto de estrellas.
Por la noche no se nos ocurrió otra cosa que ir paseando hasta las dunas que se encontraban como a un kilómetro del ger. No nos imaginábamos que fueramos a vivir uno de los momentos más intensos del viaje. Más que intenso diría angustioso del viaje.
Según nos alejábamos del ger, este se iba difuminando en la oscuridad y frente a nosotros se iluminaba poco a poco la fina arena ondulada. Tuvimos que buscar un lugar por donde poder cruzar un pequeño riachuelo y cuando lo atravesamos comenzamos a escuchar ladridos. No puede ser… ¡otra vez perros no! (inevitablemente recordé mi anterior camino a Santiago). Seguimos andando con los ojos bien abiertos aunque no se veía nada.
En estos casos el oído es lo único que te queda para orientarte un poco ya que apenas se veía 20 metros a la redonda. Los ladridos de los perros empezamos a oírlos cada vez más cerca, pero ilusos de nosotros pensamos que quizás estarían cuidando de su ganado y no se acercarían. Pero precisamente eso es lo que hicieron y cuidaban de que nadie se acercara a su territorio. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos rodeados de mínimo 6 perros compitiendo por ver cual ladraba más alto. La situación se puso muy complicada y pese a que ninguno de los canes llegó a tocarnos, tener un bicho tan grande ladrándote en las piernas no hace gracia a nadie. Evidentemente nos dimos la vuelta y volvimos por el mismo camino intentando guardar la calma y sin hacer ningún movimiento extraño. Los perros poco a poco nos fueron dejando marchar y se quedaron ladrando en la lejanía. Nos quedamos sin ir a las dunas pero con todas nuestras partes del cuerpo en su sitio… exceptuando los genitales que los teníamos orbitando alrededor del planeta.
Esa noche desde luego dormimos con el susto en el cuerpo pero no impidió que volviera a quedarme un buen rato fuera mirando las estrellas. La noche estaba perfecta, fría pero arropada bajo un manto estelar inigualable. Tan solo nos quedaban dos días más en este país. Al día siguiente cruzaríamos la ciudad de Ulán Bator para dirigirnos a casa de otra familia y ver aquella zona donde está el Parque Natural de Gorkhi-Terelj y la imponente estatua de Gengis Khan.




